Hay quien cree que los coches viejos se mantienen en pie gracias a la nostalgia. Error. Lo que realmente los mantiene vivos es una pieza minúscula, olvidada y tozuda: la bujía. Sin ella, tu motor es tan inútil como un mechero sin piedra.
Imagina la escena: tu fiel compañero noventero —pongamos un Seat Ibiza del 95— empieza a toser en plena autopista. No es tuberculosis, aunque lo parezca, sino bujías gastadas. Y ahí estás tú, entre la desesperación y el orgullo, dudando si llamar a la grúa o al abuelo. Pero tranquilo: cambiar las bujías no es cirugía a corazón abierto. Es, más bien, como cambiar una bombilla… con la diferencia de que aquí un error puede costarte más que la factura de la luz.
¿Por qué molestarse en cambiar algo tan pequeño?
Porque esas diminutas piezas son las chisperas de tu motor. Encargadas de prender la mezcla de aire y gasolina con la precisión de un reloj suizo… hasta que se cansan. Y cuando se cansan, tu coche bebe más gasolina que un adolescente bebidas energéticas, arranca a trompicones y, con un poco de mala suerte, te arruina el día y la cartera.
Yo misma lo aprendí en carne propia: un atasco madrileño, un motor que balbuceaba como poeta borracho y mi miedo a perder a un viejo amigo de cuatro ruedas. Final feliz: el culpable eran unas bujías de 20 euros. Ironía cruel: había estado pensando en vender el coche justo la semana anterior.
El equipo del héroe
Para lanzarte a esta cruzada mecánica no hace falta un taller de Fórmula 1. Solo necesitas:
- Una llave para bujías, esa varita mágica con goma antideslizante.
- Una llave dinamométrica, porque en coches viejos apretar de más equivale a sentencia de muerte.
- Trinquete y extensión, para alcanzar bujías escondidas como secretos familiares.
- Calibrador, grasa, cepillo, paños… los pequeños detalles que marcan la diferencia.
- Y sí, guantes y gafas: la mugre del motor es más persistente que cualquier pecado.
Un consejo: invierte en herramientas decentes. Una vez escatimé en la dinamométrica y terminé llamando al mecánico. El ahorro me costó el doble.
El ritual, paso a paso
- Preparación. Motor frío, batería desconectada y manual del coche en mano. Los viejos traen trucos como tapas caprichosas o bobinas traicioneras.
- Localiza las bujías. Esos cables gordos llevan directo a ellas. No tires como bruto: desconecta con delicadeza, que el plástico de los 80 no perdona.
- Quita las viejas. Si no giran, paciencia y aceite penetrante. Forzar solo consigue que acabes llorando en el taller.
- Limpieza. El hueco debe quedar limpio como un altar. Una mota de suciedad en el cilindro puede convertirse en tragedia griega.
- Instala las nuevas. Calibra, engrasa un poco y enrosca a mano antes de usar la dinamométrica. El exceso de fuerza aquí no demuestra virilidad, sino ignorancia.
- Reconecta y prueba. Escucha. Si el motor suena como un ronroneo satisfecho, has triunfado.
Consejos y tropiezos inevitables
- El error más común: mezclar cables. La solución es tan simple como sacar fotos antes de empezar.
- No uses bujías de iridio en un coche viejo. Es como ponerle zapatillas de lujo a un jubilado para que camine hasta el parque.
- Y pon música. Créeme, el rock clásico convierte cualquier reparación en un ritual épico.
Confesión final
La primera vez que cambié bujías lo hice a medianoche, con linterna de móvil y nervios de examen. Cuando el motor arrancó, sentí algo parecido a conquistar un Everest diminuto: sudor, alivio y orgullo. Desde entonces, cada vez que giro la llave y el coche responde, me parece que escucho un “gracias” entre los pistones.
Así que adelante. Cambiar bujías no solo es mantenimiento; es un gesto de amor por ese viejo compañero de viajes que todavía tiene historias que contar.
